En el terreno de la producción, la falta o reducción de los mercados para los productos hace saltar las alarmas de una empresa. Este aspecto cobra todavía mayor trascendencia cuando se trata de recursos naturales estratégicos de un país.
En el caso boliviano, la merma de los mercados para el gas viene a significar una drástica reducción de los ingresos frescos y pone en entredicho el modelo económico que pretende imponer el Gobierno. Por una parte, porque la producción va en declive y la quema del gas se ha incrementado, mientras que por la otra, los clientes seguros de Bolivia como Brasil y Argentina han reaccionado de distinta manera a una situación de incertidumbre consecuencia de los avatares políticos.
Por lo mismo, resulta comprensible que Brasil haya anunciado que está obligado a reducir su compra de gas boliviano. El argumento de la diplomacia brasileña se sustenta en el impacto de la crisis internacional, la demanda reducida a nivel interno y por la abundancia de precipitaciones pluviales que han llenado todos los reservatorios brasileños para la hidroeléctrica. En otras palabras, el gas boliviano es cada vez menos necesario para Brasil. También se ha dejado traslucir que no se compra gas a Bolivia porque representa un país poco confiable, inestable e inmerso en una confrontación directa contra el capitalismo, lo que no conviene a los planes y perspectivas de la industria y política brasileñas.
Tan consciente de sus actos se ha mostrado el país vecino que ha ofrecido a Bolivia una compensación por el gas no comprado. Existen indicios que la compensación sería la creación de un polo de desarrollo de gas natural en Puerto Suárez. En realidad se trata de una vieja idea que viene desde los tiempos del presidente Geisel, en 1974, cuando le ofreció esta salida a Hugo Banzer. En todo caso, queda claro que nuestro gas ha perdido mercado en el Brasil, mientras que este país ha decidido suscribir acuerdos de explotación de hidrocarburos con la República del Perú, considerado un país más estable y confiable.
En lo interno, resulta preocupante el incremento de la cantidad de quema de gas natural. Este es el gas que se pierde sin remedio. De manera adicional se ha calculado que los recortes oscilan entre el 24 y el 26 por ciento de la producción tanto para Brasil como para la Argentina y la tendencia es al declive. Esto significa que el Gobierno boliviano debe actuar con celeridad y eficacia para aprovechar los excedentes no comercializables. Una opción viable y sugerida por los expertos puede ser la instalación de hidroeléctricas para proveer energía barata a los bolivianos. En los hechos esto implica la elaboración y ejecución de proyectos de corto plazo, tarea aparentemente sencilla que tiene sus bemoles.
Resulta evidente que la reducción del mercado para el gas boliviano obedece a una serie de factores entre los que destacan la disminución de la confianza en la producción boliviana y en la propia estabilidad política y económica del país. A ello debe sumarse la ya mentada inseguridad jurídica nacional para la inversión que espanta a las empresas interesadas. Esta suma de dificultades perfila un horizonte poco halagador para el país, que ha optado por un modelo económico y político que no favorece otras alternativas viables para la producción y la comercialización. En economía no hay milagros, pero sí consecuencias reales y duras.
El asunto refleja disminución de la confianza en la producción boliviana y en la propia estabilidad política y económica del país.
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